Día 22: uno de poesía

                     

Es difícil hablar de poesía cuando no se sabe nada de forma, métricas y tantas otras cosas. Se trata de un género difícil porque trasciende la llana opinión e incluso puede llegar a la impostada afectación que deja el disparar metáfora. Así que sólo puedo hablar de la poesía desde aquello que me conmueve que, en últimas, es de la única forma que puedo hablar de literatura. Quizás por ello mismo he vuelto con fervor a las lecturas de poesía: por su capacidad de remover fibras muy por encima de algunos otros géneros. 

Decía en otro post que me gusta compartir lecturas con mi padre y, en general, soy yo quien imparte las recomendaciones literarias. Pero con el libro de hoy sucedió a la inversa. Después de la muerte de mi hermano, mi papá me habló de Joan Margarit, poeta catalán, quizás uno de los mejores de su latitud aún vivo. Y sí que era particular y sentida aquella mención. Una tarde de domingo de las muchas que compartiéramos al teléfono [Bogotá-Roma sin escalas], papá me leyó fragmentos de Joana, el libro que Margarit escribió durante los últimos ocho meses de vida de su hija.

El prefacio de Llegas tarde a tu tiempo, que une en un solo libro Estación de Francia y Joana, es en sí mismo poético. De lo que siento acerca del mañana, lo más parecido a una certeza es que Joana y yo no volveremos a vernos. Cuán distinta sería la vida si la muerte fuese a esperar muchos millones de años para podernos encontrar de nuevo, aunque fuese tan sólo durante unos breves instantes. Pero el abismo que nos separa es el abismo del nunca más”. Lo que se sigue es la suma de poemas cortos, fulminantes, desgarradores. Hay dolor y desesperanza, pero también una justa delicadeza: la de la contemplación de ese “no hay milagros” de Margarit o del milagro infame de la realidad, como diría Márai. 

[Flash 9 is required to listen to audio.]

Día 21: uno de cuentos


El Llano en llamas es el libro de cuentos más bonito que he leído en los últimos años. El libro huele a tierra, frustración y misticismo rural, elementos de ese maravilloso mundo personal de Juan Rulfo. A través de diecisiete relatos, Rulfo nos habla de la lucha por la tierra y el desarraigo luego de la Revolución mexicana. Los cuentos constituyen, pues, el manifiesto de la desesperanza en la voz de los campesinos, con su lenguaje y la intensidad de sus creencias abrazadas a la superstición.  

El libro tiene cuentos memorables. Sin duda, uno de los más hermosos es “Macario”: el monólogo ondulante de un muchacho que encarna la orfandad del pueblo mexicano, su inocencia y su visión particular del mundo en relación con una realidad pueblerina. Macario habla como los campesinos, piensa en la vida bajo las tensiones de luz y oscuridad, muerte y erotismo, los sonidos de los grillos, los tambores de las procesiones. A “Macario” se suman el popular “Luvina”, “Es que somos muy pobres”, “No oyes ladrar los perros”, “Diles que no me maten”… En fin, un libro repleto de emociones profundas y de abandono; las mismas que Rulfo experimentara en su infancia y con las que sentenciaría su fugaz pero magistral y hermoso paso por la literatura. 

** Aprovecho para postear Canción de amor para mi futura Novia del Instituto Mexicano del Sonido, que contiene fragmentos de “Luvina” y “Diles que no me maten” en la voz del propio Rulfo. 

Día 20: uno que lo haya sorprendido por malo

                        

No sé si exista eso que llaman “originalidad” o en verdad lo que cuenta es la forma de trocar elementos finitos. Es decir, quizás eso de la imaginación y la originalidad esté sobrevalorado y tengamos que volver al barniz de la sencillez. Dice Capote en lo que yo considero uno de los textos más brillantes sobre el ejercicio de la escritura, el prefacio de Música para camaleones, que la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte “es sutil, pero brutal”. Luego agrega, “para empezar, creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, son recargados. Yo prefiero aligerar, la noción sencilla, clara, como un arroyo del campo”. Todo esto para referirme a [sonido de redobles] Dos mujeres en Praga de Juan José Millás.

Lo que sucede con este libro es que al final no sucede nada. Luz Acaso, una mujer que acaba de enviudar, acude a Álvaro Abril para que le escriba su biografía. El hombre es el director de un taller literario, adoptado y con una obsesión por las prostitutas. Pero resulta que la historia que Luz Acaso cuenta a Abril es falsa, y ahora la mujer ya no es viuda, entre otros detalles. A la par, Luz conoce a María José, intento de escritora que finge ser tuerta a ver si esta experiencia trae consigo una epifanía literaria. María José usa un parche en su ojo derecho porque quiere obligarse a ver y experimentar la vida desde su lado izquierdo, como en una especie de solidaridad metafísica con los zurdos. Conclusión: un entramado de personajes que se “debaten” entre la realidad y la ficción. 

No es una novela fácil de leer, de hecho no sé si sea una novela; y no lo digo por la forma ni por su complejidad excelsa. En realidad parece un texto atiborrado de descripciones innecesarias, situaciones poco comprensibles y demasiado ‘originales’. Pensaría, incluso, que el propio Millás termina perdido en ese maremágnum de creatividad. Pero el real problema no creo que esté en la idea sino en el barniz. Si quitamos las pretensiones tras el intrincado argumento del libro nos queda un vacío cascarón: obviedades, personajes planos, una novela sin historia. Volvamos a Capote: “Un escritor debería tener todos sus colores y capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente”. En esta novela de Millás, sencillamente, quedan en evidencia el boceto con sus burdas pinceladas.

Día 19: uno que lo haya sorprendido por bueno

                      

Buena parte de los libros que encabezan mi lista de grandes descubrimientos llegaron por coincidenciales cadenas literarias -ojo, no de correos-. Ya después de leer a Vila-Matas y pasar por la escala del amor y el odio, constato que el azar de los saltos literarios fue la mejor forma de llegar a él. Enrique Vila-Matas, con lo brillante o detestable que pueda llegar a ser como escritor, es ante todo un gran lector. De ahí que su obra se nos muestre inclasificable y si se quiere distinta. Vila-Matas escribe sobre literatura. Con ensayos, novelas, cuentos, mixturas de géneros, el mundo del Satam Alive es una constante revisión de la cartografía literaria. Sí, cartografía. 

Por allá en el 2006 cuando leí El club del suicidio de Stevenson, entre reseñas y textos relacionados me encontré con una mención a Suicidios Ejemplares de Enrique Vila-Matas. No sé bien qué me llamó poderosamente la atención: si el título del libro, que ya es prometedor; o la ferviente reseña que sobre él se hacía, muy a propósito del texto de Stevenson que acababa de leer. En cualquier caso, bastó un día para tener a Suicidios Ejemplares en mi poder, y apenas un par para terminar la sorpresiva lectura. Sorpresiva en muchos sentidos: porque no conocía el autor y porque el libro resulta ser inesperado respecto al propio título. 

El libro es corto, lo que puede resultar justo o quizás una pena; al final uno queda con ganas de más. De hace tiempo digo de Suicidios Ejemplares que es el libro de grandes suicidas que nunca se suicidaron; y lo afirmo porque el libro vuelve sobre el tema del suicidio desde aristas que van más allá de su consumación. Cita Vila-Matas en el prólogo a Pessoa con su “viajar, perder países” y lo parafrasea con “viajar, perder suicidios”, agotar todas las formas nobles de morir. La obra, pues, es una recopilación de once relatos que bien pueden constituir la cartografía del suicidio. 

Diría además que Suicidios Ejemplares se anticipa a Bartleby y compañía con algo que parece una constante en la obra de Vila-Matas: la fijación con lo no consumado, las tareas inconclusas, las renuncias. Nos sugiere, entonces, dimensiones amplias del suicidio: literarias, vitales, irónicas; todo ello bajo la premisa nada moralista que el propio autor sugiere: “a la muerte le sienta bien la tristeza leve de una severa espera”.  

Día 18: el que más veces ha leído

                       

Tuve una época de adolescente lúgubre, muy al estilo Vila-Matas en París no se acaba nuncaque procuré prolongar por varios años justificada en la muerte de mi hermano. Aunque es verdad que desperdigar tanta melancolía parte también de una pose: la que da la confusión de estar definiendo un carácter más bien insulso y apenas naciente. En medio de la pose y el emo lector que me habitaba, tropecé con escritoras que bien pueden alimentar ese culto: María Luisa Bombal, Olga Orozco y, cómo no, Alejandra Pizarnik.

Entre la poesía y la prosa completa de Pizarnik [ambas ediciones de Lumen] no sabría decir cuál he leído el mayor número de veces. He tenido obsesiones profundas con varios autores pero siempre pasajeras; quizás una de las más duraderas haya sido la que profesé por Pizarnik. Leí en desorden una y otra vez aquellas obras completas que tanto quise; textos que por muchos años aproveché en préstamo y que luego compré en Argentina. Hace dos años y como destinada al ritual del abandono, me robaron los dos libros en la esquina de mi casa, en la noche de un recital fallido organizado por esta servidora en Luvina.

Fue curioso el fin de esa obsesión. Sané dolores, superé la pose, falló el recital, me robaron los libros y hasta ahí llegó el embeleco. Supongo que el más feliz es mi padre, quien siempre temió al mito Alejandra.   

Día 17: uno de este año

                   

Nunca he podido escribir cuentos. Bueno, tampoco cosa alguna que desde lo literario sea de calidad. Pero confieso que me gustaría poder escribir cuentos. Szymborska dice que cuando era joven pensaba que un escritor de verdad debía escribir novelas, ojalá gruesas. Ya luego se embelesó con la poesía y nos permitió entender que en lo corto también está el verdadero arte. Me gustan, pues, los cuentos: su estructura, sus posibilidades y tiempos. Es cierto, además, que los hay muchos y muy buenos. Pero son pocos los autores cuyos cuentos me revelan un estilo de escritura que habría querido incluso para mí: ese es el caso de Silvina Ocampo. 

Hablar de los cuentos de Ocampo es difícil. Este año terminé el segundo tomo de sus Cuentos completos y, leídos uno tras otro, se termina por reconocer una línea temática, un rasgo distintivo en la forma. Casi siempre los relatos hablan de un personaje que da nombre al cuento; la realidad trastocada resulta una constante. Sin embargo, pese a reconocer un patrón en sus relatos, no dejo de sorprenderme con cada uno. Se habla por igual de sueños, de la muerte, de amores nefastos o misteriosos. Son recurrentes, también, las narraciones de niños, pero desde la sinceridad de su crueldad. Hay misterio, humor negro; una suerte de halo oscuro asumido desde la feminidad. En suma, lo fantástico tiene lugar en situaciones comunes, así que uno termina por reconocer lo más insospechado y turbio con naturalidad. 

**

Nunca he podido escribir cuentos. Leer a Silvina, entonces, me enfrenta al anhelo de su hermana Victoria: “llegar a escribir un día más o menos bien, más o menos mal, pero como una mujer”. 

Día 16: uno ruso que sí haya leído

                       

Para algunos la etiqueta de este día se refiere a las grandes obras de la literatura rusa: Los hermanos Karamasov, Ana Karenina, en fin. Yo, sin embargo, quiero volver sobre un libro corto y más bien desconocido de Dostoievski: El doble. Alguna vez leyendo a García Márquez supe de este libro. El propio Gabo advertía la dificultad de conseguirlo y, en efecto, tiempo después confirmé esta premisa. Se trata, pues, de un texto no muy popular de este escritor ruso; de hecho, es su segunda obra publicada. 

El libro narra la historia de Golliadkin, un funcionario que un buen día se encuentra con un hombre que resulta ser su doble. El émulo de Golliadkin entra a trabajar a su departamento y mantiene una relación buena con éste. Sin embargo, con el tiempo empieza a escalar y a sembrar la decadencia de Golliadkin con toda suerte de artimañas. La historia nos recuerda tantos otros relatos psicológicos que hallan en el desdoblamiento de un personaje la representación de sus vicios y deseos. De repente me evoca El retrato de Dorian Gray  de Wilde o cuentos como El Capote de Gogol. 

Desde luego este corto texto no es equiparable a las grandes obras de Dostoievski que, a decir verdad, poco conozco. Leí buena parte de Crímen y castigo pero la abandoné hace tiempo. Hay algo personal entre las formas narrativas de aquellos clásicos, y lo que yo misma, a veces, estoy dispuesta a soportar. 

Día 15: uno que haya amado hace años y del que hoy reniega

                         

En la infancia uno es cruel y tierno pero crece y se vuelve bruto y sonso. Son esos azares los que hacen que de pequeño uno tenga gustos insospechados por detalles “poco esenciales” y que cuando crezca se les abandone. Y en medio de pretensiones -que son todas adultas- y vergüenzas de todo lo pasado, se reafirma el “menos mal uno crece”. Quizás por todas estas premisas cambió mi relación con Corazón de Edmundo de Amicis.

Visto a la distancia me resulta un relato demasiado bondadoso, dulzón y patético. Pero me gustaba no por bondadoso, sino porque sonaba a la nostálgica infancia de un viejo como mi padre, narrada como lo haría él si le diera por emular que es niño. Corazón es una especie de diario escolar: el de las vivencias de colegio de Enrico, mezcladas mes a mes con cuentos y cartas de su familia. Se dice que el libro guardaba una intensión pedagógica: la de inculcar los valores morales y sociales de la, por entonces, jovencísima Italia. Yo de niña no lo advertí.

El libro sí que era conmovedor -hoy diría que en exceso-. Cuánta emoción en los relatos del valiente Garrone, y cuánta miseria y llanto en las historias de ‘El albañilito’. Pero más allá de las emociones aparentemente infantiles a las que aspira el libro, mi conexión de niñez se la debo a mi padre. Leer el diario de Enrico era volver sobre los relatos de papá en el colegio: las marchas detrás de los soldados durante el cambio de guardia; las salchichas de 30 centavos por las que prefería llegar caminando a casa; la historia del ‘tumbatechos’, el niño que lanzaba piedras a los tejados del San Bartolomé; Eduardo González, el amigo fiel que compartía sus onces con papá… En fin, Enrico para mí nunca fue un niño, más bien me parecía un adulto evocando una nostálgica infancia. 

Crecí… y con lo bruta y sonsa que soy me desprendí de tanta bondad forzada de Corazón

Día 14: Uno que haya odiado hace años y hoy admira

                      

Es verdad que soy una lectora llena de prejuicios y eso ha viciado mis lecturas, por ejemplo, de García Márquez. Pero más que el prejuicio liviano que despierta el empalagoso boom de su obra, y los sentidos homenajes y aquello de “nuestro nobel”, la verdad es que nunca me adapté a su obra literaria. Disfruté con gran pasión sus textos periodísticos, pero me fui en picada cuando leí sus cuentos y más cuando llegué a sus novelas. Con dificultad terminé Cien años de soledad, no sé si por las obligaciones que circundaban su lectura o porque, en fin, nunca me compenetré con ella. Quizás era la época y los temas que me interesaban. Debo aclarar, sin embargo, que lo intenté a lo sumo tres o cuatro veces, siempre con malos resultados. 

No es el caso, entonces, de un libro que haya odiado por años y que ahora admire. Más bien, se trata de un autor con el que siempre he tenido prejuicios y que, por ello mismo, abandoné hace tiempo. Sin embargo, en medio de ese abandono decidí darle una oportunidad a El Otoño del patriarca y me sorprendí. No en vano se le reconoce como el libro más distinto de su obra: un enorme texto de escasos puntos con una suerte de monólogo muy bien trabajado. El libro narra el ocaso de Zacarías, un viejo dictador en un país a orillas del Caribe, y la zozobra de aquél que quiere mantenerse en el poder. 

Me gusta esta novela porque la estructura está en función de la historia. Esa larga cadena de frases sin puntos, los variopintos bloques narrativos, el tedio que desprende la propia lectura. Esto sin mencionar las descripciones impecables y toda suerte de disparates que se gestan en la cabeza de un dictador. El libro transmite una enorme asfixia, suficiente para matar el rastro de las mariposas amarillas.  

Día 13: el primer libro que leyó en su vida

          

Cuando tenía cuatro años quería aprender a nadar. Mi mamá, como aprovechando el antojo, me raptó en medio de su locura habitual. Nos fuimos a Ibagué, la ciudad donde nació, a conjurar mis ganas de chocar con el agua llena de cloro. También se llevó a mi hermano. Era abril y estaba próximo nuestro cumpleaños. Ya en Ibagué, rodeada de primos y con la tristeza de estar lejos de mi padre, me aliviané pensando en la piscina. Vano recurso: esa misma noche y sin saber bien por qué, fui capturada por una bronquitis que me mantuvo en cama durante semanas.

A los pocos días arribó papá con un libro de la biblioteca del abuelo; se trataba de Las Mil y una noches. Creo haber leído antes otras cosas, cuentos sueltos… pero mi primer encuentro con un libro, en sentido estricto, se dio ese día. Recuerdo las hojas amarillas, las ilustraciones, la magnífica historia de Sherezade narrando infinitos cuentos. Conservo aún la sensación de sopor y el delirio de las mágicas historias en medio de la fiebre de cuarenta.

No aprendí a nadar, pero sí a pasar mil y una noches de bronquitis.  

Día 12: una biografía

            

El año pasado, mientras caminaba por el Parque Santander en Bogotá, vi a Fernando Vallejo. Casi nadie se percató de su presencia. Yo, que lo siento un escritor muy querido, me acerqué y le dije: “parece una aparición de Entre fantasmas”. Él rió como el niño tímido que mi amigo Andrés había dicho que era. Hablamos un buen rato de esa gran obra que es El río del tiempo, los cinco libros que componen su biografía. Me dio su correo entre risitas socarronas que emitía cada dos o tres segundos. Nunca le escribí.

Me he leído casi todo de Vallejo, con su obra [la literaria, no la de sus libros pretenciosos sobre ciencia y religión] aprendí a quererlo. El río del tiempo, esos cinco libros que van desde su infancia en la finca Santa Anita hasta su exilio en México, resumen la esencia de lo que es su literatura. No me gusta el Vallejo de los medios, el provocador. Prefiero a Fernando, el niño de Los días azules que persigue un enorme globo de papel que cae del cielo. Ése es, sin duda, el más bonito de los cinco libros. 

Del niño que imaginaba el cielo como una gran paila de chicharrones, se pasa al adolescente pasional del Fuego secreto; al estudiante de cine en la Italia lujuriosa de Los caminos de Roma; al que vive en las calles de Bogotá y limpia baños en Estados Unidos durante los Años de indulgencia; y, finalmente, al insidioso espectro que habita en el México de Entre fantasmas. Vallejo diría que sólo hay una forma real de hacer literatura, esto es, “decir humildemente yo”. Los cinco libros parecen, entonces, una enorme charla: hay anécdotas repetidas, saltos de temas, olvidos. Se asiste, también, a la transformación de Medellín, de ahí la enorme nostalgia por el barrio Boston, sus bellezas y los boleros. 

Día 11: uno que lo haya motivado a visitar algún lugar

       

Más que un libro, escribo sobre un autor que me ha impulsado a visitar un lugar: Gesualdo Bufalino, el escritor que empezó a publicar a los sesenta años y que luego quiso volver a la clandestinidad del que nunca ha sido leído. Bufalino es siciliano y Cere perse fue el primero de sus libros en llevarme a Sicilia. Se trata de una recopilación de artículos periodísticos de Bufalino, publicados entre 1982 y 1985. Entre varios textos bellísimos está “L’isola plurale”; en él se refiere a las múltiples Sicilias, sin que su ejercicio logre nombrarlas a todas. 

Dice Bufalino que Sicilia sufre de un exceso de identidad y con esto señala las enormes tensiones que devienen del hecho de ser siciliano. ¿Es Sicilia una de las formas de Italia? No se sabe. Nos deja siempre con esa sensación de encierro, la ‘isolitudine’* que hace de cada siciliano una isla dentro de otra isla. Pero la Sicilia de Bufalino no se agota en Cere perse; continua en Saldi d’autunno y La Luz y el luto. Cada palabra destinada a la isla trasciende porque no se refiere a ella como un puñado de tierra o las bonitas fotos del propalcote de las revistas de viaje.

“Los atlas dicen que Sicilia es una isla y debe de ser verdad, los atlas son libros de honor. Pero entran ganas de dudarlo al pensar que, al concepto de isla, suele corresponder un grumo compacto de raza y costumbres, mientras que aquí todo está mezclado, es cambiante, contradictorio, como en el más variado de los continentes. Es cierto que las Sicilias son muchas, nunca acabaré de contarlas […] Cada siciliano es, de hecho, una irrepetible ambigüedad psicológica y moral. Igual que la isla, que es una mezcla de luto y de luz. Allí donde el luto es más negro, la luz es más flagrante y hace que la muerte parezca más aceptable”. 

*El concepto, de su autoría, es un juego de palabras entre isola [isla] y solitudine [soledad]. 

Día 10: uno con una pésima versión cinematográfica

                       

Declaro que haré trampa: no hablaré de un libro con una mala adaptación cinematográfica, sino de una película que retoma trazas de un autor para hacer una mala película. Es el caso de Lisboa, film argentino del 2004. La película narra el reencuentro en un hotel de Argentina, entre  Gustavo Vasconcel y su hija Victoria, quien no ve a su padre por 27 años, desde que se fue a Lisboa. La reunión pretende reparar una relación resquebrajada. 

Sin embargo, las actuaciones y parlamentos resultan muy desafortunados. El film echa mano de fragmentos del Libro del desasosiego de Pessoa [del que ya hablé el día 2], que no aportan nada a la película. Diría que, incluso, termina destrozando, con tintes de intelectualidad y melancolía excesiva, una obra majestuosa y fragmentaria. La banda sonora tampoco es asertiva y las actuaciones un tanto bruscas. No hay cadencia en la película. Al final, todos estos elementos se conjugan para crear un film tedioso, lento y que no vale la pena siquiera terminar. 

Día 9: Uno con una excelente versión cinematográfica  

Es poco mi amor por el cine; quizás por mi remota familiaridad con el mundo audiovisual o por el disfrute de mi miopía. He tenido, en cambio, un tórrido romance con la literatura y todo aquello que sea escrito; ‘ladrilluda’ que soy. Por ello, hablar de libros con buenas o malas versiones cinematográficas ha sido un verdadero reto: o bien porque leí el libro y su versión cinematográfica no me interesa en lo más mínimo; o porque vi la película y, entonces, saber tanto le quita gracia a la lectura. 

Sólo recuerdo una lectura maravillosa con una versión cinematográfica muy afortunada: Il Gattopardo, novela original de Giuseppe di Lampedusa y con adaptación al cine de Luchino Visconti. El libro narra la debacle de la aristocracia siciliana, encarnada en Don Frabrizio Corbera, Príncipe de Salina, y su familia. Es una novela fascinante, llena de profundas reflexiones sobre el cambio de los tiempos, la dignidad y la familia. La película, por su parte, sabe acoger la esencia del libro en un film de casi tres horas. La escenografía es impecable. Tiene, además, una fotografía maravillosa, una muy buena banda sonora y una puesta en escena de gran calidad. Sobresale, también, la actuación de Burt Lacanster en el papel del Príncipe de Salina. 

Con todos los aciertos de la película, inevitablemente muchos aspectos del libro se quedan por fuera. Sin embargo, creería que Visconti sale airoso de este reto al guardar con especial cuidado detalles de la escenografía, la dirección artística y las actuaciones. Por ejemplo, la escena final, que no coincide con la del libro, es un despliegue majestuoso de música y color, con el protagonismo de una época dorada que se resiste a desaparecer.

Día 8: uno para leer por fragmentos

                 

Me gusta compartir lecturas con mi padre, pero eso sucede rara vez. O bien porque él no tiene tiempo, o porque, sencillamente, mis ciclos ‘lúgubres’ no le atraen. No son lúgubres, pero para él ya pasó la época de ciertas ficciones. Pero si hay un escritor que nos ha conmovido por igual hasta la médula, ése es Sándor Márai. Su libro Diarios 1984-1989, hace parte de esas lecturas que me han buscado; de las que han llegado porque era preciso

Por ser justamente un diario se lee bien por fragmentos. En él Márai habla de su vida de exilio, no tanto de su país, sino el de de su lengua, como él mismo afirma. No obstante, la columna vertebral de su libro es el exilio de la vida, el de su esposa, Lola, con quien compartió por sesenta y dos años. L muere y con ella se va todo lo vital. Márai reflexiona así sobre la vejez, la soledad, la enfermedad. Con Lola también se va su hijo adoptivo, de algo más de 40 años. ¿Qué queda para un hombre que contempla la agonía de perder lo que más ama? Es un libro bellísimo, que subleva los tumbos de la vida cuando se va cruzando la esquina final. Dice Márai, tal vez existan los milagros (digo ‘tal vez’ porque en el universo todo lo que el hombre piensa y espera es posible), pero la cruel realidad en sí ya se manifiesta como un milagro, un milagro infame. Llega el tiempo en que uno ya no espera respuestas, no discute con el destino, lo abraza”. 

Mi padre, que dice que ya está viejo, viudo y solo, ama este libro. Espera como Márai que la vejez no le gane, así tenga, como él, que pegarse un tiro.

Nota: no dejen este libro en los taxis, suele ser perdidizo. 

  archive